Frivolidad LVI: Las manías
Las manías son un indicador fiable de lo interesante que puede ser una persona. Prefiero conocer a alguien que nunca deja el bolso en el suelo, que sale de la cama con el pie derecho o que pasa la sal siempre en la mano.
Todos esos gestos pequeños y privados, los rituales y supersticiones, siempre esconden una historia. Una madre, una abuela, o alguien cuya vida cayó en desgracia tras romper un espejo.
Cuando era pequeña, mi cuidadora me dijo que levantar los pies cuando ves pasar un tren da buena suerte. Ahora es un resorte mental. Si voy en coche de copiloto es fácil disimularlo. Si conduzco yo, arriesgo mi vida para conservar la buena fortuna.
Admito que las supersticiones son ridículas. Pero, por si acaso, las respeto casi todas. Jamás brindo con agua.
Nuestras manías nos exceden y nos sobreviven para convertirse en nuestro retrato más recordado. Mi tío Eduardo cortaba su magdalena con minuciosidad y se fumaba un único cigarrillo al día. Yo me fumo tres, de liar, solo de una marca avainillada y siempre después de las diez de la noche. Es mi cierre del día. Como bajar el telón.
Con los años, las manías se despegan de su origen y se instalan en otra persona que las interpreta a su manera. Cuando conoces bien a alguien, ya sabes que no pasará bajo esa escalera, que siempre desayuna en la misma taza, que no se sentará a una mesa de trece, o que tienes que servirle el postre junto con el café. Quien te aprecie, abrazará también tus pequeñas obsesiones y rituales cotidianos.
Hay una línea muy fina entre rutina y ritual, que cruzamos cuando la costumbre se convierte en obligación inquebrantable. Cuando el siempre y el nunca entran en escena. Tener la ropa ordenada es admirable, organizarla por colores es inquietante.
Las costumbres pueden ser saludables, pero las manías son mucho más creativas. Mi hijo pequeño coloca cada noche doce peluches en su cama, exactamente en la misma posición. No sé de dónde ha salido esta obsesión, porque las manías no tienen explicación. Tampoco la necesitan.
Con los pequeños rituales siento que el mundo sigue más o menos en orden. Que, con un poco de magia, puedo controlar algo incontrolable. Y, sinceramente, no me interesa quien asegura no tener manías.