Frivolidad LIV: la madurez estilística
En los últimos años, en cuestión de estilismo, he pasado de ser Matisse a Mondrian sin darme apenas cuenta.
El noventa por cien de lo que tengo es blanco, negro, gris o azul marino. Algún granate rebelde. Ni una flor. Las únicas rayas que me visten son diplomáticas o marineras; con cualquier otra variante me siento dentro de una película de Tim Burton en technicolor.
Al principio lo asocié a la edad. Ahora diría que es madurez estilística, que suena mucho mejor. Hay quien la alcanza antes. A mí me ha llegado con algo de demora, quizá porque de pequeña era incapaz de elegir un solo color de jersey y mi madre los compraba todos. Cuestiones freudianas de fondo de armario.
Lo curioso es que cuantos más años cumplo, menos prendas tengo y más se parecen entre sí. Un ejército de básicos que se reproducen en silencio. Tres camisas blancas. Cinco camisetas marineras. Dos americanas azul marino heredadas de mi suegro. Hombros gigantes, talla oversize, corte impecable. Para cuando quiero parecer seria pero moderna.
Hay una mezcla de austeridad y sabiduría que me lleva a concebir cada compra, aunque el precio sea bajo, como una inversión. Gastar conlleva más problemas de conciencia que invertir.
A veces pienso que podría vestirme con los ojos cerrados y el resultado sería exactamente el mismo. Antes me preocupaba repetir look, ahora me pongo dos días exactamente lo mismo con total impunidad. Incluso con insolencia.
Por supuesto, también tengo mis patinazos. Amores de un día que después me miran con reproche desde el cajón. Este año compré un chaleco de lana con una langosta. Me sigue gustando, pero rara vez encuentro ocasión de llevar prendas con marisco. La guardaré para cuando vaya a los Hamptons de veraneo.
Las prendas para acontecimientos especiales merecen un artículo propio.
Nuestro amigo Nuel va siempre de negro. Siempre impecable, siempre él. Ha logrado lo que pocas personas consiguen: una firma propia, inconfundible. Renunciar al abanico para dominar una sola nota con perfección.
Yo no he llegado tan lejos, pero voy en esa dirección.
En mi armario, hay un núcleo duro de cinco o seis prendas que hacen el noventa por cien del trabajo. Unos vaqueros rectos, sin flecos ni ambigüedades, pueden ir de una reunión importante a un picnic en la playa sin inmutarse. Lo mismo que una buena camiseta blanca. En invierno, el suéter de cuello alto negro es uniforme obligado. El resto es, seamos honestas, decorado.
No descarto que dentro de cinco años vaya vestida exclusivamente con estampados. La madurez estilística, como casi todo, puede ser una fase. Quizá Mondrian también tuvo su época Matisse y no lo contó.
Mientras tanto, otras dos camisas blancas. Y una marinera.
