Skip to content
X

CARO DIARIO

Frivolidad LIII: Ir a terapia


Esta semana, después de mucho posponerlo (como todo lo verdaderamente importante), he empezado a ir a terapia. No ha sido un arrebato, sino una decisión meditada y madura. Tenía requisitos, por supuesto. No iba a entregarle mis traumas a cualquiera.

Para empezar: la consulta debía estar en el centro de la ciudad. Nada de atravesar polígonos industriales para encontrarme a mí misma. Segundo: luz cálida. La luz blanca de quirófano me parece incompatible con cualquier tipo de sanación emocional. Y tercero: un diván. Yo quería un diván. Me parecía muy importante mantener cierta coherencia narrativa: tumbarme, mirar al techo y hablar de mi infancia en voz baja.

El diván no ha sido posible. A cambio, tengo un sillón tipo Togo bastante digno, donde me siento a hablar de mí misma con una mezcla de honestidad y pose. Porque, no nos engañemos, en terapia una también actúa un poco. No para engañar al psicólogo (eso sería absurdo), sino para sostener la versión de sí misma que todavía quiere creer.

Una de las cosas que más ilusión me hace de todo esto, además de curarme de mis múltiples taras, que tampoco está mal, es poder empezar frases con: “mi psicoanalista dice…”. Es una herramienta discursiva imbatible. No entiendo por qué a tanta gente le sigue dando pudor ir al psicólogo. Yo lo he contado con entusiasmo, como quien anuncia un viaje o la compra de una propiedad. Ir a terapia no es un fracaso. Es, en muchos casos, la única forma civilizada de no volverse insoportable.

De hecho, sospecho que todos deberíamos ir. Al menos de vez en cuando. Hay pensamientos que, si no se airean, terminan oliendo mal. Y emociones que, si no se ordenan, se convierten en parte de tu carácter. Y luego pasa lo que pasa: adultos funcionales con comportamientos inexplicables y una vida emocional que es una montaña rusa.

Yo, por ejemplo, tengo que trabajar mi incapacidad para decir que no, mi aversión al conflicto, mi necesidad de controlarlo todo, mi miedo a fluir (palabra que detesto pero que me persigue) y esa ansiedad de no tener un plan claro para mi vida. Una lista bastante razonable, si lo pensamos.

Lo interesante ha sido descubrir que muchas de las cosas que yo consideraba “mi personalidad” son, en realidad, patrones. Y que esos patrones, con un poco de esfuerzo, pueden revisarse. No sé si cambiarán, pero al menos ahora tienen nombre. La terapia tiene ese punto ligeramente humillante de traducirte. De decirte: no, esto no es encanto, esto es miedo. Y quedarse tan tranquila.

Para equilibrar, he decidido complementar la psicóloga con visitas ocasionales a una vidente y limpiezas energéticas. Me parece un cóctel perfecto. Por un lado, el análisis, la lógica, la estructura. Por otro, el misterio, la intuición, el palo santo. Una me ayuda a entender por qué hago lo que hago. La otra me sugiere que, en el fondo, todo está escrito. Y entre ambas, curiosamente, me desahogo.

El siguiente paso es comprarme una libreta para hacer los deberes que me manda la psicóloga. No cualquier libreta, claro. Algo forrado en piel, con mis iniciales… tengo que pensarlo.

No sé si la terapia me cambiará. Tampoco sé si quiero cambiar tanto. Pero hay algo que sí tengo claro: entenderse a una misma es una de las pocas cosas que merece realmente el esfuerzo. Todo lo demás  (el trabajo, los planes, las versiones que damos al mundo) se sostiene mejor cuando una deja de engañarse. Esto último me lo dijo hace poco mi mejor amiga, mientras soportaba mis sollozos a las 8:30 de la mañana después de nuestra clase de barre.

Y quizá por eso voy a terapia: no para convertirme en otra persona, sino para dejar de ser, una y otra vez, la misma de siempre.