Frivolidad LII: ser autónoma
Me encanta mi trabajo, pero de vez en cuando tengo pequeñas crisis. Lo bueno es que duran muy poco: lo justo hasta que me recuerdo que con otra forma de vida no podría ir al mercado un jueves por la mañana, o a la peluquería sin pedir permiso.
Cuando trabajas por tu cuenta, corres el riesgo de enamorarte de proyectos. El enamoramiento profesional tiene exactamente las mismas fases que el otro: el flechazo, la luna de miel, la rutina confortable y, en ocasiones, la decepción cuando lo que parecía perfecto sobre el papel resulta ser otra cosa en la vida real.
Flechazos de los que me arrepiento: todos los proyectos en los que me he embarcado por pura pasión, sin tener en cuenta lo prosaico. La economía doméstica no aguanta el amor desenfrenado a largo plazo.
Hace poco me presenté a un proyecto que, al principio, no me entusiasmaba especialmente. Cuando se me escapó, empecé a desearlo cada vez más. Es la misma sensación de ver una chaqueta en un escaparate, dejarla pasar, y pasar semanas soñando con ella.
En las relaciones con clientes también existe ese momento en que sabes que te quieren. Y ese otro en que empiezas a preocuparte. Cuando ese mensaje llega con puntos suspensivos o cuando sabes que habéis pasado demasiado tiempo sin veros.
Sospecho de las personas que terminan los mails con “seguimos” y de las que viven cada proyecto con exceso de drama. Una vez envié sin querer unos stickers completamente inapropiados a un cliente importante y muy serio. No se enteró, y en mi equipo hubo más risa que angustia. Así hay que vivir el trabajo: con el drama justo y las carcajadas a tiempo.
Solo me permito el drama con los impuestos, que son auténticas tragedias griegas. Te aguardan como una bomba de relojería y, un viernes por la tarde, te dan un revés. El dinero que tenías ya no es tuyo. Por lo visto nunca lo fue.
La pasión tiene ese defecto encantador de no respetar horarios. Paseando por la playa se me ocurren frases épicas. En la bañera tomo decisiones relevantes, marco calendarios y trazo estrategias. Porque, cuando te gusta, el trabajo no termina, simplemente cambia de escenario.
Luego están las variaciones de ritmo. Cuando consigo trabajar con calma, echo de menos la adrenalina. Cuando todo llega a la vez, imploro tranquilidad. Es una contradicción que ya no intento resolver, solo observar y administrar.
Con los años he aprendido a hacerlo todo más liviano. Menos épico. Los proyectos que más pesan son los que acepté sin querer, los compromisos que no supe rechazar a tiempo, ese “sí” muy poco meditado que aún no comprendo por qué dije.
Solo he dejado a un cliente en mi vida (de momento). Fue doloroso y liberador. Aprendí que las relaciones laborales, como las otras, tampoco mejoran por aguantar en la rutina. Y que a veces lo más profesional que puedes hacer es irte antes de que las cosas empiecen a pesar demasiado.
Pero cuesta.
Para mí el éxito está en ese punto intermedio entre el traje diplomático y las deportivas, entre vivir para el trabajo y pasar el día en mallas. Y ahí quiero estar, aunque preferiría pasar el día en mallas.
Y esta chaqueta no la quiero dejar pasar.
