Frivolidad LI: las citas
Hay algo que me desconcierta especialmente: la gente que deja de tener citas cuando ya tiene pareja. Como si el amor, una vez firmado, dejara de necesitar detalles. Como si bastara con convivir, compartir contraseña de Netflix y decidir juntos qué marca de detergente comprar.
No lo entiendo. Para mí, las citas son una de las frivolidades más serias que existen.
Y no hablo de planes en grupo, ni de cenas con otras parejas donde todo el mundo habla demasiado alto y nadie escucha de verdad. Eso no son citas. Eso es logística social. Es necesaria y hay que practicarla, pero ahora no me refiero a eso.
Yo hablo de citas románticas. A solas. De mirarse sin distracciones. De elegir un sitio bonito, o al menos uno con encanto.
Porque hay lugares que invitan al amor y otros que lo disuelven.
Para empezar: la carta tiene que estar en papel. Si tengo que elegir mi plato escaneando un QR, algo dentro de mí se apaga. No sé muy bien qué es, quizá la ilusión, quizá la dignidad, pero desaparece.
Una cita merece una carta que se pueda tocar, doblar ligeramente, comentar. Elegir un plato no debería parecerse a pedir un Cabify.
Las citas son una forma de decir: sigo aquí, sigo mirando, sigo eligiéndote.
Me gusta ese pequeño cliché: arreglarme un poco más de lo necesario, llegar puntual pero no demasiado, sentarme frente a alguien a quien ya conozco y, sin embargo, mirar como si todavía quedara algo por descubrir. Porque siempre queda.
Con el tiempo, uno cree que ya lo sabe todo del otro. Y es mentira. Lo que ocurre es que dejamos de preguntar. Dejamos de observar. Dejamos de prestar atención a los detalles que antes nos fascinaban. Las citas sirven precisamente para eso: para volver a mirar. Para recordar por qué sí.
Encuentro muy romántico y muy poco práctico seguir teniendo citas después de años. Es una pérdida de tiempo maravillosa. Una decisión consciente de no dejar que la relación se vuelva eficiente. Porque la eficiencia es estupenda para el trabajo, pero devastadora para el amor.
Seguir teniendo citas es negarse a convertir a la persona que tienes delante en alguien previsible. Es insistir en el misterio, aunque sea mínimo. Es cuidar la forma, aunque el fondo ya esté construido.
A mí me gustan las mesas pequeñas, la luz tenue, el sonido bajo, la conversación que no necesita interrupciones. Me gusta pedir postre aunque no tengamos hambre. Me gusta salir a la calle después y caminar un poco sin rumbo, como si el mundo fuera nuestro solo durante un rato.
Porque eso es exactamente lo que es una cita: un rato robado al mundo.
Y en ese rato, si todo va bien, uno se vuelve a enamorar un poco. Aunque ya lo estuviera.