Frivolidad XXXIX: Las joyas
Cuando tenía tres años le pedía a mi tía Pilar que sacara “las riquezas”. Así, en plural y con toda la solemnidad del término, como si en vez de una tía tuviera una mecenas veneciana.
Las riquezas no eran lingotes ni esmeraldas heredadas, por supuesto. Eran cajas metálicas preciosas, de esas antiguas que hacen clic al abrirse, hasta arriba de bisutería: collares imposibles, pulseras tintineantes, broches que parecían sacados del vestuario de una zarzuela. Yo metía las manos dentro como quien busca un tesoro hundido. Me lo ponía todo encima a la vez, sin el menor sentido del equilibrio visual, como una niña que aún no sabe lo que es el mal gusto… y por tanto todavía no lo teme.
Mi tía Pilar me dejaba hacer. Esa es la verdadera elegancia: no corregir a una niña cuando está siendo feliz.
Con los años fui afinando. Dejé atrás la bisutería que te deja la piel verde y empecé a entender algo importante: las joyas no son accesorios. Son un idioma. Un subtítulo de tu vida. Una forma discreta, y peligrosamente eficaz, de decir soy esta persona sin tener que demostrar nada.
Me gusta pensar que mi gusto por las joyas no es frivolidad: es criterio. O al menos eso me digo cuando entro en una joyería como si entrara en una biblioteca y me pongo seria, como si los diamantes fueran cultura general.
Desde hace unos años, además, he desarrollado una teoría que defiendo con fervor: las joyas son de las mejores inversiones. Y sí, ya sé que hay expertos en finanzas que no estarían de acuerdo. Pero yo no hablo de rentabilidad: hablo de valor. Del valor de ponerte algo precioso y sentir que todo encaja un poco mejor. Hay inversiones que te dan números. Un diamante te da luz.
Los diamantes te iluminan. No es una metáfora: ocurre físicamente. Te cambian la cara. Te levantan el ánimo. Te hacen caminar distinto. Una mujer con diamantes no necesariamente es más rica, pero sí es más peligrosa. Y eso me interesa.
Los zafiros, en cambio, te vuelven misteriosa. Te colocan inmediatamente en un terreno de preguntas sin respuesta, como si tuvieras una vida paralela que nadie conoce. El zafiro dice: no lo cuento todo. Dice: yo sé algo que tú no sabes. Y ya.
Las perlas vibran en otra frecuencia. Las perlas me devuelven a algo antiguo y auténtico, a una versión de mí misma que podría estar en un retrato de otra época mirando por una ventana sin wifi. Con perlas no siento que me adorno: siento que pertenezco.
Hay gente que cree que las joyas son ostentación. Yo creo lo contrario: son armadura. Son protección. Un recordatorio de quién eres incluso cuando estás hecha un desastre. Incluso cuando el día va mal. Incluso cuando te han dejado. Hay días en los que una no puede con la vida, pero puedes con sus pendientes.
Mi última incorporación han sido unos pendientes de coral rojo y diamantes.
El coral rojo es otra cosa. No es elegante en el sentido clásico. Tiene algo mediterráneo, algo insolente, algo de mujer que baja una escalera lentamente aunque nadie la esté mirando. Con coral rojo no pareces “correcta”. Pareces decidida.
Mi novio me los regaló por Navidad y tuve esa sensación que solo dan ciertas cosas bonitas: la de haber hecho algo imprudente y, sin embargo, absolutamente acertado. Hay decisiones que no mejoran tu economía, pero mejoran tu existencia. Y yo, para eso, estoy muy a favor.A veces pienso en aquella niña de tres años pidiendo “las riquezas” como si ya supiera, sin saberlo, algo importante: que en la vida hay pocas cosas verdaderamente seguras, pero la belleza —cuando aparece— siempre cumple. Y quizá por eso sigo comprando joyas: no para poseerlas, sino para recordarme que lo extraordinario puede vivir dentro de una caja pequeñita.