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CARO DIARIO

Frivolidad LXV: Los viajes de amigas

Hay pocas cosas más necesarias en la vida que un viaje de amigas. Y cuando digo necesarias me refiero exactamente a eso: tan necesarias como el magnesio, el protector solar SPF 50 y aprender a poner límites en terapia.

Si yo fuese presidenta los viajes de amigas estarían subvencionados por la Seguridad Social.

Me da igual la edad que tengas. Los necesitas a los veinte, a los cuarenta y sospecho que también a los ochenta. De hecho, diría que cuanto más mayor eres, más importantes se vuelven. Porque conforme una cumple años, empieza a desempeñar demasiados papeles a la vez. Una es hija, hermana, novia, autónoma, anfitriona, adulta funcional y persona que responde correos electrónicos absurdos un domingo por la tarde.

En un viaje de amigas, en cambio, vuelves a ser solamente eso: amiga.

Durante unos días no eres responsable de nadie más que de decidir si pedís otro cóctel o reserváis un masaje de noventa minutos que no necesitáis en absoluto.

Lo ideal, además, es hacerlo en un hotel de cinco estrellas. Si vamos a huir de nuestras responsabilidades, hagámoslo con un buen desayuno buffet en un palacio con frescos del siglo XVIII. Soy una gran defensora de dilapidar dinero en hoteles bonitos cuando se trata de celebrar la amistad. Ya habrá tiempo de ahorrar para nuestra jubilación. O no.

Uno de los mayores lujos de la vida es encontrar una mejor amiga con la que poder gastar dinero en las mayores tonterías imaginables y que no solo no te juzgue, sino que se una al disparate con un entusiasmo preocupante. Eso es la amistad.

Porque una mejor amiga no es solo alguien con quien compartir confidencias. Una mejor amiga es alguien que jamás te preguntará si de verdad necesitas comprar un antiguo juego de tazas checas que no cabe en tu maleta, porque sabe perfectamente que la respuesta es sí. Y si no lo fuese, tampoco importa demasiado.

A una mejor amiga no tienes que explicarle absolutamente nada. Sabe cuándo tienes hambre, cuándo estás triste y cuándo el “no me pasa nada” significa exactamente las tres cosas anteriores al mismo tiempo.

También es alguien que te cubriría en una mentira hasta el fin del mundo. Aunque no fuese una mentira pequeña. Aunque fuese enorme. 

Sospecho incluso que me ayudaría a esconder un cadáver si fuese necesario. Y no hablo metafóricamente. Creo sinceramente que me preguntaría dónde hay que enterrarlo antes que cómo ha ocurrido todo aquello.

Y es que los viajes de amigas tienen algo maravilloso: durante unos días recuperas una versión de ti misma que la rutina había dejado un poco olvidada. Te ríes más. Comes peor y mejor al mismo tiempo. Hablas durante horas de asuntos trascendentales para después sacar a relucir algún trauma de la infancia mientras coméis un helado. 

Y descubres que hay pocas cosas tan bonitas como compartir la vida con alguien que conoce todas tus contradicciones y, aun así, decide seguir reservando viajes contigo. Una mejor amiga es alguien con quien podrías no hacer absolutamente nada y seguiría siendo un plan extraordinario.

Con los años he descubierto que una de las mayores muestras de riqueza no es el dinero, sino el tiempo. Y más concretamente, el tiempo que alguien está dispuesto a regalarte. Por eso me parece un privilegio enorme llegar a cierta edad y seguir teniendo amigas con las que querer perderlo.

Perder un fin de semana entero hablando de absolutamente nada importante. Perder una mañana buscando los platos perfectos en un anticuario. Perder dos horas más en el desayuno porque nadie tiene prisa por irse a ninguna parte.

Si lo pienso bien, un viaje de amigas no consiste tanto en descubrir un lugar nuevo como en volver a encontrarte con una versión de ti misma que solo existe cuando estás con ellas. Y esa, precisamente esa, es una de mis versiones favoritas.