FRIVOLIDAD VII: EL CORTE DE PELO
Llevo el mismo corte de pelo desde hace años. Un long bob, pulido, con la caída justa, la nuca despejada y el gesto de “esto no es casual, cariño”. Es un corte traicionero, porque parece fácil, pero exige una devoción monacal. Un milímetro de más, y ya no eres tú: eres una mujer desbordada, sin control, en plena decadencia estética.
Para que funcione, hay que cortarlo cada veintiocho días. No cada mes, no cuando “toca”, no cuando sientes que lo necesitas. Cada veintiocho días. Como la luna. Como si el cuerpo entero supiera que ese día hay que volver al salón y entregarse al bisturí amable de las tijeras.
Cuarenta y dos euros por corte. Doce cortes al año —a veces trece, si febrero me da piedad. Son quinientos cuatro euros anuales solo para que el pelo siga siendo exactamente el mismo. Una inversión constante en no cambiar. En ser siempre “yo, pero perfecta”. Si lo pienso fríamente, es un disparate. Pero si lo pienso como lo pienso, me parece una de las mejores decisiones financieras de mi vida.
Me gusta la idea de llevar el mismo corte de pelo el resto de mi vida. Me tranquiliza. Me da estructura. Como Ana Wintour, como la Reina Sofía, como Mireille Mathieu (esa monja pop del flequillo absoluto). Mujeres que entendieron que el peinado puede ser más que estética: puede ser una marca, una declaración, una especie de escudo.
Yo tengo el mío. Y lo cuido como quien cuida un bonsái emocional. Ni un mechón fuera de sitio, ni una capa sin revisar. Una vez me lo cortaron demasiado redondeado por detrás y lloré en el baño de la peluquería como si hubiera muerto un familiar lejano pero importante. Por eso, cuando mi peluquera —mi peluquera de siempre— me anunció que se cogía la baja por maternidad, me sentí traicionada. No lo dije, claro. La felicité con una sonrisa e incluso le toqué el brazo con ternura impostada. Pero por dentro, me dolía como si me hubiera dejado mi novio.
Me prometió que no notaría la diferencia. Me dejó en manos de otras chicas del salón, simpáticas, sí, aplicadas, sí… pero con una energía distinta. Ellas lo intentaban, pero no era lo mismo. No entendían el peso simbólico de ese ángulo de la mandíbula, de esa línea recta que no debe curvarse ni un grado. Me miraba en el espejo y veía una versión casi correcta de mí. Como esas réplicas de cera que se parecen… pero dan miedo.
Durante un par de meses me planteé cosas terribles. Ir a su casa, por ejemplo, con mis propias tijeras y un café. Suplicarle entre juguetes de bebé que me dedicase quince minutos de precisión. Es absurdo, lo sé. Pero también era un grito de auxilio.
Por suerte, volvió. Y aunque al principio me dolía un poco su nueva aura maternal, cuando me hizo la primera línea recta detrás de la oreja, me sentí en casa. Volví a mí. Y ese tipo de regreso, créeme, vale cada euro.
Me gusta ese momento exacto en el que salgo de la peluquería, cruzo la calle con el pelo recién seco y me miro de reojo en los escaparates. Me reconozco. Me saludo. Me apruebo. Eso no tiene precio. Bueno, sí lo tiene: cuarenta y dos euros.