Frivolidad V: El café
No puedo empezar el día sin un café. Tampoco puedo empezarlo con cualquiera. Durante años, me conformé con ese brebaje oscuro que salía de las cafeteras de oficina, esa cosa tibia con aroma a resignación y posos de capitalismo tardío. Pero un día —como todo lo importante en la vida, sucedió sin previo aviso— probé un café etíope lavado, filtrado a mano, servido en una taza de cerámica japonesa, por un barista con bigote irónico y tatuajes de orquídeas. Y entendí que había estado viviendo en la sombra.
Mi historia con el café, sin embargo, empezó mucho antes. Mi madre empezó a darme café a los seis años. En vez de ColaCao o cereales como las niñas normales, mi desayuno era un tazón de leche tibia con una cucharada de Nescafé y siete —siete— cucharadas de azúcar. Siete. Como si el objetivo fuera despertarme y matarme de un coma diabético al mismo tiempo. ¿Mi madre era negligente? Puede. ¿Era elegante con bata de seda y uñas rojas a las ocho de la mañana? También.
Años después, cuando aún trabajábamos en aquel despacho gris con luces de hospital y moqueta institucional, un amigo nos confesó que estaba pensando en abrir una pequeña cafetería solo para llevar, con buen café, bien hecho, aunque un poco más caro. Mi hermana y yo, como oráculos cínicos, le tiramos la idea por tierra con argumentos veloces: que nadie pagaría eso, que la gente en esta ciudad no sabía lo que era un buen café, que cerraría en dos meses. Le arruinamos el sueño con una sonrisa cordial.
Cinco años después, hay una cafetería de especialidad en cada esquina y a nosotras nos parece un chollo pagar menos de cuatro euros por un latte con leche de avena y dibujitos en la espuma. No sé si nos ha perdonado todavía. Supongo que no. Y lo entiendo.
Ahora, el café es mi pequeña cruzada estética. Viajo y además de buscar monumentos y museos, busco specialty coffee. Antes de reservar hotel, le pregunto a Google dónde está la cafetería de especialidad más cercana. Si hay una a menos de diez minutos a pie, ya me siento en casa.
Una vez cancelé un Airbnb en Mallorca porque el café más decente estaba a quince minutos en coche. No me arrepiento.
Los camareros de los bares tradicionales me odian. Pido café con una precisión quirúrgica, como si estuviera recitando un conjuro: “¿Tienes leche de avena? ¿Origen único?. Si la respuesta es no, sonrío con diplomacia y pido una manzanilla. Luego me marcho, decepcionada pero digna. Como si el mundo me hubiera fallado, una vez más.
Lo peor —o lo mejor— es que no tengo remedio. Puedo gastar ocho euros en un v60 de Kenia en una cafetería sumergida en microcemento, con playlist de Sufjan Stevens y banquitos incómodos de acero inoxidable, y sentir que he hecho algo por mi salud mental. Lo he llamado “mi terapia líquida”. Y, honestamente, cuesta menos que la otra.
La máquina de cápsulas me parece un invento del demonio. Admiro la gente que todavía la usa con cierta ternura antropológica, como quien observa una tribu perdida que no sabe que existe el fuego. Yo también estuve ahí. Pero luego evolucioné, como se espera de una persona que lee etiquetas de vino aunque no entienda nada.
Claro que es absurdo. Todo lo que me gusta lo es. Pero hay una especie de gozo secreto en pagar caro por algo efímero, algo que desaparece en seis sorbos y deja, si tienes suerte, un leve retrogusto a arándano. Es como enamorarse de alguien que vive en otra ciudad: no tiene sentido, pero te mantiene despierta.
Al final, el café me da consuelo, me da rutina, me da tema de conversación con desconocidos atractivos en terrazas soleadas. También me da una razón para levantarme cuando no la hay. Qué importa si es frívolo. Peor sería levantarme para salir a correr.